domingo, 19 de septiembre de 2010

Amanecer

En ocasiones dejamos escapar pequeños momentos. ¿Qué es, si no, la vida, que una sucesión de casualidades, momentos, alegrías, penas y vivencias?
¿Pero realmente sabemos valorar todo lo que vivimos? Claro, sabemos cuando somos felices, cuando estamos travesando un momento difícil y cuando a nuestra vida, llega una tormenta de aburrimiento. Sabemos el día que nacimos, la última vez que vimos a nuestro mejor amigo y también la última comida que hicimos. Pero, ¿qué hay del resto de momentos?

¿Realmente disfrutamos de todos aquellos momentos que, supuestamente, son inútiles? Nos gusta exagerar nuestros momentos de drama. Cuando algo no nos sale del todo bien, lo adornamos además con una canción triste, con una película dramática o encerrándonos con nosotros mismos. Si pasamos una tarde normal y corriente pero a gusto con un amigo, tomando algo de forma placentera, tranquila y agradable, simplemente dejamos correr esa tarde y hasta mañana. ¿Por qué no hacemos lo mismo con los momentos de alegría, felicidad y realización personal? Por qué al aprobar un examen, al ver a un amigo o simplemente, al decir ‘buenos días ‘ a tus padres, no nos ponemos una canción alegre, nos ponemos una película de risa o nos vamos con amigos para exagerar también esta emoción?

Tal vez todos debamos aprender a equilibrar nuestras emociones. Parece estúpido alegrarnos y animarnos al haber pasado una “simple” tarde con unos amigos, pero, ¿no te has parado a pensar que es posible que estés equivocado al hacer la comparación o el análisis? No crees que es injusto, para ti mismo, ver todo lo negativo y la reacción que tomamos el exagerar la emoción dramática, como algo normal y lógico y los momentos de felicidad como algo sin importancia, diario y típico?
¿Cuántas veces hemos sonreído al salir a la calle de camino a la escuela o al trabajo, mientras un nuevo sol y un nuevo día nos alumbra la cara? Qué hay más bello que respirar un nuevo día? Qué hay más emocionante que el espectáculo de la vida?

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