lunes, 6 de febrero de 2012

Ruido, silencioso ruido.

Amaneció. Mucho ruido, sólo oía ruido. Escándalo, silencioso ruido. El aire azotaba las persianas contra los cristales, un rayo de luz entró y decidió que era la hora de levantarse. La ciudad lleva ya horas en pie, los barcos ya habían zarpado, los relojes caían en el olvido y, el ruido de los vagones del metro, aumentaba.

Llevaba días pensando que hasta ahora solo tenía accidentes emocionales en sus días. Álex recordaba aquellos días en que, a esas horas, sus amigos ya estaban llamando al telefonillo. Se empapó la cara de agua, se secó tímidamente y miró lo que aparecía en el espejo. Su cara yacía triste, solitaria, cansada. No acababa de comprender qué tipo de amistades llego a conciliar hasta ese momento. Otra mañana más, no llamaban al telefonillo de su casa. Miró su mano derecha y giró la esclava de plata que le regaló su primera pareja. Fue en aquel momento, cuando Álex recordó que en su tercer cajón de su mesita de noche, quedaba escondida una nota que, en ese momento, le apetecía leer.
La cogió con sumo cuidado cual niño, con ojos iluminados coge un palo con caramelo en forma de bola. "Y el día que te sientas perdido, sólo tendrás que mirarme. Ahí estaré, contigo, como siempre". Él no lo notó hasta que alcanzó su labio, pero dos lagrimas asomaban en sus ojos. 



Todo cambió. Recordaba sus tiempos en que, pese a rodearse de desconocidos, pocas eran las ciudades que le apetecía recorrer, pocas eran las historias por crear. Ruido de ventanas, ruido de persianas. Siempre recordaba como una compañera de pupitre le recordaba que no debía ser tan solitario. Pese a ser extrovertido y tener don de gentes, a veces descuidaba sus vínculos sentimentales. Jamás le comprendieron, jamás entendieron sus besos. Se borraron las pisadas, los latidos, el mar.
Bajó corriendo las escaleras con las primeras prendas que asomaban en su armario y decidió asomarse al sol. Las lágrimas seguían brotando de sus ojos y, lo peor, es que no entendía el por qué de esa situación.



Cuanto más rápido caminaba, más ruido. Allí estaba, solo, como días atrás, con su mismo ánimo, sus mismas ganas de amar, de sonreír y de renacer día a día, pero no entendía por qué no le daban esa oportunidad. Aunque fue optimista a lo largo de su vida, el mensaje de "Ya pasará" no le acababa de convencer. Caminaba sin mirar sus pasos, únicamente prestaba atención al ruido. Se sentía más solo que nunca, pero fuerte, convencido de su fuerza y de su espíritu. 


Llegó a casa y, tras la ducha, se sentó en el sofá de su habitación. Entonces aceptó el ruido despiadado, poseído y entrometido de su soledad. Tal vez fue lo peor que pudo hacer, aceptar aquel ruido solitario, silencioso, atrevido. Solo, una vez más, subió la persiana, subió la cortina y contempló la ciudad a lo lejos. Distraída, inquieta y ruidosa, quedaba allí, inerte, como hacía días. 

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