domingo, 2 de mayo de 2010

Parar a pensar una vez más

Amistad. Si cada uno de nosotros definiera la palabra amistad, seguramente podríamos descubrir un sinfín de definiciones. Ninguna más cierta que otra, al fín y al cabo, llega a ser una palabra subjetiva.
Hay personas que no saben lo que es la amistad. Que no han practicado nunca esa palabra y posiblemente, jamás la recibieron. ¿No te parece triste?
Seguramente habrá gente que le de un significado más sentimental, otro tipo de gente le dará un acercamiento más humano y tal vez, otro grupo de personas valoren ésta como algo sine qua non para la vida.

Ya hablé hace tiempo sobre el pasaje de las personas en nuestras vidas. De la manera en que se presentan en nuestras vidas las personas más importantes, el recorrido que pueden llegar a hacer y las posibles consecuéncias que sufren en nuestras vidas.
No me voy a atrever a definir la palabra amistad. Tampoco sabría por donde empezar y es posible que pudiera padecer de hipocresia, ya que no siempre otorgué mi definición a algunos de mis amigos.

Ahora me dispongo a reflexionar y darle la importancia, a una persona que, a día de hoy, sí puedo incluirla dentro de la categoría de amistades. Una persona que conocí hace meses. Un tipo de persona que no acostumbras a encontrar, no solamente por su valor como persona, si no por su forma de ser. Como yo a veces pienso de él: un adulto con espíritu de niño. Todo tipo de temas pueden llegar a ser hablados aunque tengamos nuestros temas habituales. El cual goza de toda mi confianza, ha sabido ganarse día a día mi respeto y sobre todo, mi respeto. Quizá a veces peco de protector y de querer manejar las riendas de su vida al verme más capacitado que él en algunas situaciones o temas, quizá sobre pase mi ansia de querer todo lo mejor para él pero la verdad es que llevo a cabo mi forma de ser.

Frescura, inocencia, madurez, simpatía, verdad, inteligencia, profesionalidad, espiritu, confianza... La verdad, es que ahora mismo no puedo imaginar mi día a día sin este amigo. Muchas han sido las ocasiones en las que he tenido unas ganas terribles te escuchar su voz para poder contarle mis motivos para sonreír o estar entre lágrimas. Una de esas personas que nunca te dejan ver el lado oscuro de la vida e incluso en los momentos más delicados, sin él quererlo ni pretenderlo, te hace sonreír y reír (a veces de él, pero con todo el respeto y cariño posibles).

No nos damos cuenta de la gente que tenemos a nuestro lado hasta que llega ese día... es día en que algo se tuerce, las reglas de la vida se ponen a favor y cualquier cosa puede desequilibrar las cosas más importantes que tenemos. Supongo que el antídoto contra este fenómeno es el estar cada día mostrando la parte más veraz y real de uno mismo y demostrar, paso a paso, el valor que tenemos hacía la otra persona aunque no sea constante.
Yo sé en quien confiar, sé qué decir a quien y con quien darme cuenta de que no me encuentro desprendido de esta fiel cordura que tiene la vida.

Es en este punto exacto, cuando no atravieso uno de los mejores días de este último mes pasado cuando me enfrento a mi mismo, me pongo delante del ordenador y brindo mi confianza y mi amistad a una de las personas, que sin darse cuenta ha sabido entrar en mi vida esquivando obstáculos y apareciendo en los momentos más oportunos que me ha dado la vida en estos últimos meses.

Por compartir mis mejores momentos, por estar sereno y capacitado para ayudarme en los momentos álgidos que he pasado y sobre todo por ser tú. Por eso y por mucho más, Pedro.

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